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El Cuaderno del Faro
Día 1
El relevo fue rápido. Demasiado.
No había guardia anterior, no se que paso pero necesitaban cubrir este puesto con urgencia. Nadie me dio consejos, ni advertencias. Solo dejaron las llaves sobre la mesa y una nota que decía: “No dejes que se apague”.
Pensé que hablaba del protocolo.
Ahora no estoy tan seguro.
El faro es más antiguo de lo que parece en los registros. La lente de Fresnel está impecable, pero el mecanismo… no. Hay piezas que no encajan con nada moderno. Metal viejo, oscuro. Como si alguien hubiera reparado esto con lo que tenía a mano… o con lo que quedaba.
La luz funciona. Eso es lo importante.
Día 3
El sonido del mar aquí no es constante.
Tiene pausas.
No deberían existir pausas en el mar.
A veces golpea la base del faro con una fuerza absurda, como si algo pesado se estrellara contra la roca. Luego… nada. Silencio total. Ni viento, ni agua. Como si todo se quedara esperando.
Hoy, mientras limpiaba el cristal de la linterna, vi algo.
Huellas.
Por dentro.
Pequeñas. Grasientas. Como si alguien hubiera estado tocando el vidrio desde el lado de la luz.
No he subido a la cúpula desde entonces.
Día 6
El aceite.
No está en ningún inventario. No coincide con nada que haya usado antes. Es espeso, oscuro… y no fluye como debería. Se pega. Como si tuviera densidad propia.
Hoy me manché los dedos al rellenar el depósito.
Y tuve un recuerdo que no es mío.
Un hombre, sentado donde estoy yo ahora, llorando mientras sostiene algo en la mano. No veo qué es, pero sé que es importante. Sé que no quiere hacerlo.
Sé que al final lo hace.
Me lavé las manos tres veces. El olor no se va.
Día 8
He empezado a entender algo.
No lo he leído. No me lo han explicado. Pero está ahí, como una idea que siempre ha estado en el fondo y ahora ha decidido salir.
El faro no está aquí solo para guiar.
Está aquí para sostener.
La luz… no ilumina.
Mantiene.
No sé cómo explicarlo mejor sin sonar… ridículo.
Pero cuando la luz baja de intensidad, el aire se siente diferente. Más denso. Como si el espacio se comprimiera. Como si algo intentara ocupar el sitio que deja.
Hoy la luz parpadeó.
Solo un segundo.
Fue suficiente.
Día 10
He visto el mar.
De verdad.
La luz atravesó la superficie en un ángulo extraño y por un momento… vi debajo.
No hay peces.
No hay oscuridad.
Hay formas.
Rostros.
Demasiados.
Quietos. Mirando hacia arriba.
Esperando.
Cuando la luz volvió a su ritmo normal, desaparecieron.
Pero sé que siguen ahí.
Día 11
No puedo dejar de pensar en una frase.
No sé de dónde sale.
No la recuerdo haber leído en ningún sitio.
Pero la entiendo.
La entiendo demasiado bien.
Yo los mantengo a flote.
Alguien tiene que mantenerme encendido.
Hoy tardé más de lo normal en rellenar el depósito.
No quería tocar el aceite.
Día 12
El mecanismo se atascó.
Un ruido seco. Metal contra metal.
Subí corriendo. La luz se estaba debilitando.
Las paredes… estaban húmedas.
Pero no era agua.
Era ese aceite.
Salía de las juntas. De las grietas. De los engranajes.
Como si el faro estuviera… sudando.
Metí la mano para liberar la rueda dentada.
Y otra vez.
Otro recuerdo.
Dientes.
Alguien arrancándose los dientes uno a uno.
Cayendo dentro del mecanismo.
Escuché el crujido.
Sentí el dolor.
Pero no era yo.
No del todo.
Día 13
He dejado de contar los escalones.
Ya no tienen sentido.
A veces subo más de los que debería. A veces menos.
La torre no es… consistente.
Anoche escuché pasos.
No desde abajo.
Desde dentro de las paredes.
Algo se mueve cuando la luz baja.
No sale.
No aún.
Día 14
Ya lo entiendo.
El aceite no es aceite.
Es lo que queda.
No sé cómo no lo vi antes.
No sé cuántos han pasado por aquí.
No sé cuánto tiempo lleva funcionando así.
Pero lo sé.
Lo sé con una certeza que me da náuseas.
El faro no pide.
El faro acumula.
Y cuando la deuda es suficiente…
cobra.
Día 15
Hoy la luz ha bajado más de lo normal.
No ha sido un fallo.
Ha sido… una advertencia.
He mirado el depósito.
Casi vacío.
He mirado mis manos.
He pensado en el mar.
En los barcos que pasan ahí fuera sin saber nada.
En los que no se estrellan.
En los que nunca sabrán.
Y por primera vez desde que llegué…
he sentido que alguien me está observando.
No desde el mar.
Desde la luz.
Día 16
No tengo mucho tiempo.
La luz ya no es constante.
El aire… cuesta.
Respirar cuesta.
Ahora entiendo por qué él no quiso quedarse.
Por qué no dijo nada.
No hay nada que decir.
No hay forma de explicarlo sin que suene a locura.
Pero no lo es.
Es simple.
Es justo.
Creo.
No lo sé.
Ya no sé qué pienso y qué me están haciendo pensar.
Pero hay algo claro.
Si la luz se apaga…
algo sube.
Y no es algo que deba llegar a la costa.
Día 17
He subido.
La linterna está casi muerta.
El mecanismo apenas responde.
El mar está inquieto.
No por las olas.
Por lo que hay debajo.
Puedo verlos mejor ahora.
Se están moviendo.
Ya no esperan.
Día 18
No voy a escribir más después de esto.
Creo que por fin lo entiendo del todo.
No es un sacrificio.
Es mantenimiento.
No es castigo.
Es equilibrio.
La luz no protege.
La luz sostiene.
Y yo…
yo soy lo único que queda para mantenerla encendida.
Si alguien encuentra esto…
no intentes entenderlo.
Solo…
no dejes que se apague.
(La última página está manchada. El papel es más rígido, como si hubiera absorbido algo más denso que tinta.)



Me fascina, absolutamente atrapante, la forma que vas describiendo la historia te atrapa y tienes que terminar de leer. Felicidades.
Me a encantado, sigue así.