Salida 44
La lluvia no caía. Atacaba.
El parabrisas era un campo de batalla y yo apenas distinguía las líneas de la carretera. Mis manos resbalaban sobre el volante. Tenía que secarlas una y otra vez contra el pantalón.
Odio conducir de noche.
Odio esta ruta.
Odio mi cabeza cuando empieza a imaginar cosas.
Lo vi bajo el cartel oxidado de la salida 44.
Al principio pensé que era una bolsa de basura atrapada en el barro.
Pero se movió.
Una figura encorvada. Gabardina demasiado grande. Inmóvil bajo la tormenta.
No debía detenerme.
Lo hice igual.
Cuando abrió la puerta, el viento trajo un olor a humedad rancia y metal. Se sentó sin pedirme permiso.
—Gracias —dijo.
Su voz raspaba.
Asentí sin mirarlo.
—¿Hasta dónde vas? —pregunté, intentando que mi voz no temblara.
—Donde tú vayas está bien.
Eso me hizo mirarlo.
Error.
Tenía una cicatriz profunda en el pómulo. La piel alrededor parecía mal curada. Sus ojos… amarillentos. Fijos. No parpadeaban lo suficiente.
Volví a mirar al frente.
—No hablas mucho —comentó.
—Estoy… cansado.
—No. Estás nervioso.
Sentí su mirada bajar hacia mis manos. Estaban blancas, tensas. El pulso marcándome en la muñeca.
—¿Siempre recoges desconocidos? —preguntó.
Negué con la cabeza.
—Hoy no quería estar solo.
Se rió por lo bajo.
—Mala razón.
Un camión pasó y por un segundo el interior del coche se iluminó por completo. Vi algo moverse dentro de su bolsillo.
Algo con forma.
—¿Llevas algo ahí? —pregunté sin poder evitarlo.
Sonrió apenas.
—¿Te preocupa?
No respondí.
Mi respiración empezó a descontrolarse. Cortada. Rápida.
Él se inclinó un poco hacia mí.
—Relájate. No voy a hacerte nada… si no me obligas.
Sentí cómo el espacio se reducía. El coche se hizo pequeño. El aire, escaso.
—¿Qué llevas en el maletero? —preguntó de pronto.
Mi estómago cayó.
—Nada.
—El coche va bajo. Muy bajo. Como si arrastrara peso muerto.
Mi garganta se cerró.
—Es… equipaje.
Se inclinó aún más. Su aliento golpeó mi mejilla.
—No hueles a viajero. Hueles a miedo.
Su mano empezó a salir del bolsillo.
Ahí fue cuando mis ojos se llenaron de lágrimas.
No fingidas.
Reales.
—Por favor… —murmuré—. Solo quiero llegar a casa.
Se quedó quieto.
Y entonces sonrió.
Esa sonrisa lenta que tiene alguien que ya decidió.
—Te lo dije —susurró—. El mundo está lleno de monstruos.
El coche empezó a desviarse levemente hacia el arcén. Yo “perdí” el control por un segundo.
Me detuve.
Silencio.
La lluvia amortiguaba todo.
Giré hacia él.
Mis lágrimas seguían ahí.
Pero mi respiración ya no estaba rota.
—Tienes razón —dije suavemente.
Mi mano bajó con calma bajo el asiento.
Encontré el mango frío.
—El mundo está lleno de monstruos.
Saqué el escalpelo.
Su expresión cambió demasiado tarde.
—Y yo estaba preocupado… —continué— de que tu tipo de piel no sirviera.
Intentó abrir la puerta.
Cierre centralizado.
Clic.
Sus dedos golpearon el cristal.
—El maletero pesa porque llevo dos cuerpos —añadí con la misma voz suave—. Pero el espacio está diseñado exactamente para tres.
Ahora sí gritó.
La lluvia se encargó del resto.
Me incliné hacia él.
—Gracias por subir —susurré—. Odio tener que buscarlos bajo la lluvia.
👻 Nota de protección
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Recomiendo exorcismo y borrar.



Tenebroso y sensual fran. Fantástico.
Mi tipo de relato. J... Los míos son micro apenas...
Transfer
El joven baja del bus 106 y se abre paso entre la serpiente de pasajeros que lo adelantan mientras se dirige a la siguiente parada para transbordar a la 117. Detrás de él, detecta un grito áspero: “¡Tallo a la vista!” La palabra resuena en su mente como en su libro de Victimología, capítulo 7.
Estira su delgado cuello para ver sobre las cabezas que se apresuran delante de él, pero apenas logra ver más allá de sus hombros. Es de estatura media.
A varios metros a su derecha, un hombre corpulento apoyado contra la pared mete la mano debajo del cinturón de sus pantalones. Un destello de metal brilla un instante y desaparece en el bolsillo tipo canguro de su sudadera.
Detrás de él, el staccato de botas se acerca peligrosamente. Del bolsillo de su camisa, saca el lápiz mecánico con su delgada mano derecha y hace clic para sacarle la punta.
El hombre delante de él, se impulsa desde la pared y avanza hacia él con mirada de acero.
A dos metros de distancia, con el lápiz asido firmemente, el estudiante acorta la distancia con un paso rápido y entrenado.
La primera estocada impacta en el costado derecho, bajo la caja torácica: El grafito se rompe. La segunda se entierra directo en el ojo izquierdo.
“¡Ay, me apuñalan!”
“Llamen una ambulancia. La verruguilla está en el suelo.”
El joven mantiene sus pasos rápidos y firmes hasta llegar al semáforo. El lápiz ya está guardado en un bolsillo de su mochila, húmedo. El bus se para frente a él con un chillido metálico de los frenos.