El Pasajero
Todo empezó como un juego una noche de sábado.
Estábamos en el desván de mi casa, con una Ouija vieja que encontramos en una caja y un par de velas que apenas iluminaban el suelo.
Nos reíamos.
Hacíamos bromas para camuflar el nerviosismo... hasta que el vaso de cristal empezó a moverse.
No fue un deslizamiento suave.
Se arrastraba con fuerza, con un sonido seco, directo hacia la palabra SÍ.
En ese mismo instante, la temperatura de la habitación cayó en picado.
Y las velas se apagaron solas.
Ahí se terminaron las risas.
Dejamos el tablero y bajamos corriendo, intentando convencernos de que alguien había empujado el vaso.
Pero al día siguiente la ignorancia se convirtió en miedo puro.
Empecé a notar que algo andaba mal en la casa.
A las tres de la mañana, me despertaba una opresión horrible en el pecho y, al abrir los ojos, veía una silueta demasiado alta recortada en la penumbra del pasillo.
Permanecía inmóvil.
Mirándome.
Paralizado por el terror, yo me tapaba hasta la cabeza esperando a que amaneciera.
Luego llegaron las marcas físicas.
Dos días después me desperté con tres arañazos limpios y profundos en los brazos.
Me ardían como si me hubieran quemado con un cigarrillo.
La paranoia me estaba consumiendo.
Miraba las esquinas oscuras, vigilaba los reflejos de las ventanas, cambiaba las cerraduras...
No entendía qué me estaba pasando.
Ni por qué esa sombra me había elegido a mí.
Ni cómo defenderme de algo que no podía tocar.
Estaba completamente convencido de que el peligro me acechaba desde fuera.
Pensaba que la sombra iba a saltar sobre mí en cualquier momento.
Qué equivocado estaba.
El peligro nunca estuvo fuera.
El martes por la mañana estaba frente al espejo del baño, limpiándome la sangre de un nuevo arañazo en el cuello.
De repente, quise pestañear... pero mis párpados no respondieron.
Intenté apartar la mirada del espejo, pero mis ojos se quedaron congelados, clavados en mi propio reflejo.
Sentí una sacudida violenta en la boca del estómago.
Como si me hubieran inyectado un líquido espeso, negro y helado que se extendió a toda velocidad por mis venas, durmiéndome los músculos.
Quise gritar, pedir ayuda a mi madre que estaba en la cocina... pero mis cuerdas vocales estaban completamente muertas.
Mis manos se despegaron del lavabo sin que yo lo ordenara.
Fue en ese segundo cuando lo entendí todo.
La sombra no quería matarme.
Quería mi cuerpo.
Llevo días atrapado en este rincón oscuro, justo detrás de mis propias pupilas.
Es una claustrofobia insoportable que no le deseo ni a mi peor enemigo.
Lo veo todo. Lo escucho todo. Lo siento todo.
Pero soy un simple pasajero encerrado en el asiento de atrás de mi propia piel.
Es asqueroso notar cómo esa entidad utiliza mis pulmones para respirar.
Cómo saborea la comida con mi lengua.
Y cómo gesticula usando mis facciones con una simetría perfecta y fría que yo jamás tuve.
Ayer mi madre entró en mi habitación.
Estaba llorando, asustada por mi silencio y por la mirada vacía que se me ha quedado.
Se acercó y me abrazó con fuerza.
Desde el fondo de mi mente, yo le gritaba con todas las fuerzas que me quedaban:
“¡Huye, mamá, por favor, sal de aquí, este ya no soy yo, mírame dentro!”
Me desgarré el alma gritando en ese vacío mental... pero ni un solo músculo de mi cara se movió.
En lugar de eso, sentí cómo el parásito hurgaba en mis recuerdos como quien abre cajones en una casa ajena.
Buscó el tono exacto de mi voz.
Manipuló mis cuerdas vocales.
Y me obligó a devolverle el abrazo mientras le susurraba al oído:
“No llores, mamá. Todo ha terminado. Ya estoy bien”.
Sentí la calidez de sus lágrimas mojándome el hombro... pero la risa rancia y helada que resonaba dentro de mi cabeza no era la mía.
Él está usando mis manos para acariciarle el pelo.
Está usando mis ojos para calcular su próximo movimiento.
Y yo solo puedo mirar, encerrado en mí mismo, rezando para que alguien se dé cuenta de que el monstruo lleva mi cara.



No se si estes de acuerdo, pero lo vi como alguien con esquizofrenia tratando de aferrarse a su vida al cariño de su madre, pero en una mente así esas cosas no valen mucho. Es un terror psicológico, felicidades 👏
¡A ver, Fran, que venía de reírme con tus story times de la jefa y ahora me dejas con ganas de tapar todos los espejos de mi casa! 😂
Menudo viaje tan asfixiante. Eso de ser un 'pasajero en tu propia piel' y ver cómo la entidad busca el tono exacto para engañar a la madre es desgarrador y terrorífico a partes iguales. ¡Puro terror psicológico del bueno!